Monday, March 23, 2009

Un cuento sobre el mar


Un boliviano con salida al mar

Mario Benedetti

Nunca he podido confirmarlo, pero dicen que en plena guerra de Las Malvinas le preguntaron a Borges qué solución se le ocurría para el conflicto, y él, con su sorna metafísica de siempre, respondió: “Creo que Argentina y Gran Bretaña tendrían que ponerse de acuerdo y adjudicar las Malvinas a Bolivia, para que este país logre por fin su salida al mar”.

En realidad la ironía de Borges (siempre que la cita sea verdadera) se basaba en una obsesión que está presente en todo boliviano, ese alguien que siempre parece estar acechando el horizonte en busca del esquivo mar que le fue negado. Tiene el Titicaca, por supuesto, pero el enorme lago sólo les sirve para que crezca su frustración, ya que en vez de conducirlos a otros mundos, sólo lo conduce a sí mismo.

De todas maneras, cuando algún boliviano llega al mar, aunque éste sea ajeno, siempre se trata de un blanco, nunca de un indio. Hubo un indio, sin embargo, nacido junto a las minas de Oruro, que por un extraño azar pudo alcanzar el mar prohibido.

Debió ser un niño simpático y bien dispuesto, ya que una dama paceña, que estaba de paso en Oruro y pertenecía a una familia acaudalada, lo vio casualmente y se lo trajo a la capital, allá por los cincuenta.

Rebautizado como Gualberto Aniceto Morales, aprendió a leer y aprendió a servir. Y tan bien lo hizo, que cuando sus patrones viajaron a Europa, lo llevaron consigo, no precisamente para ampliar su horizonte sino para que los auxiliara en menesteres domésticos..

Así fue que el muchacho (que para entonces ya había cumplido quince años) pudo ir coleccionando en su memoria imágenes de mar: desde la tibieza verde del Mediterráneo hasta los golfos helados del Báltico. Cuando al cabo de un año sus protectores regresaron, Gualberto Aniceto pidió que lo dejaran viajar a su pueblo para ver a su familia.

Allí, en su pobreza de origen, en la humilde y despojada querencia, ante la mirada atónita y el silencio compacto de los suyos, el viajero fue informando larga y pormenorizadamente sobre farallones, olas, delfines, astilleros, mareas, peces voladores, buques cisternas, muelles de pescadores, faros que parpadean, tiburones, gaviotas, enormes trasatlánticos.

No obstante, llegó una noche en que se quedó sin recuerdos y calló. Pero los suyos no suspendieron su expectativa y siguieron mirándolo, esperando, arracimados sobre el piso de tierra y con las mejillas hinchadas por la coca. Desde el fondo del recinto llegó la voz del abuelo, todavía inexorable, a pesar de sus pulmones carcomidos: “¿Y qué más?”.


Gualberto Aniceto sintió que no podía defraudarlos. Sabía por experiencia que la nostalgia de mar no tiene fin. Y fue entonces, sólo entonces que empezó a hablar de las sirenas.

(La sirena viuda y otros cuentos, Buenos Aires, Alfaguara, 1999)

********OOOO********


Hoy 23 de marzo, se recuerda una año más del asalto chileno sobre territorio boliviano, el mismo que tendría como principal efecto la pérdida del acceso al Pacífico por parte de Bolivia, así como del yacimiento cuprífero más grande del mundo.

No conozco el mar, y es uno de mis pendientes personales. Indudablemente puedes distinguir con un poco de plática quienes de entre los bolivianos conocen el mar, ya que la primera vez que lo hacen (para la mayoría al menos), es un momento inolvidable, tal y como espero que sea mi primer encuentro con los dominios de Yemanjá y Poseidón.

4 comments:

Vania B. said...

Querido Geval: No sé que hubiera sido de Antofagasta y Calama si hubiera seguido siendo Bolivia. Imaginándome lo mejor, hubiera sido la punta de lanza para el progreso de la parte occidental del país, un puerto para exportar nuestros recursos naturales y nuestra producción en general. Siendo un poco más realista, un puerto sí, pero ni la mitad de lo que es ahora. Antofagasta es una ciudad chiquita pero hermosa, gracias al Cobre se maneja mucho dinero, por cuanto el mall de Antofa es de primera. Donde estaban unas ruinas construyeron un Casino (inaugurado hace poco) de lujo. La playa de Antofagasta, en época de Verano abre las 24 horas. Vale apuntar que esa playa hace unos 15 años era rocosa y no muy interesante, pero el Municipio de Antofa llevó arena de otro lado y ahora es una de las mejores playas del Norte Chileno. Calama es una ciudad chiquita y hasta un poco descuidada, pero tiene supermercado enorme, un mall, y es la puerta a San Pedro de Atacama, un pueblito al medio del desierto que ha aprovechado al máximo sus características para explotar el turismo de aventura. No te imaginas lo lleno que es San Pedro, incluso hay turistas de TODO el mundo que llegan directo (sin visitar ni siquiera Santiago de Chile) a conocer San Pedro y el Desierto, es increible. Si todo esto hubiera estad en nuestras miopes manos, con la mentalidad de perro del hortelano que tenemos, no me imagino qué hubiera sido de Chuquicamata, de Calama ni de Antofagasta.

Mejor no lamentarse y mirar hacia adelante nomás.

Un abrazote.

El defensor del derecho al delírio said...

Hay que superar ese trauma histórico. Lo perdimos, como perdimos muuuchas cosas y como seguiremos perdiendo (al paso que vamos).
Un abrazo

PDD: Me parece muy triste recordar al mar en una fecha tan decadente, me resulta como a fecha de fallecimiento. Inutil.

Anonymous said...

Muy certeros comentarios.
Ya lo dijo Azkargorta. Somos como ese que siempre se queja de nunca haber ganado la loteria, sin haber intentado jugarlo.
Apuesto que aun si hoy tuvieramos mar, mas de la mitad de los bolivianos no lo conoceriamos.
Mirar adelante y dejar de hacernos a las victimas que damos pena a los vecinos.
Chris

Strika said...

Ojalá muy pronto puedas encontrarte con Yemanjá y Poseidón, mi querido Gevalher.

Un abrazo

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